• Doblepensar. Gabriel Peluffo Linari

En 1925, Halbwachs creaba las bases de una sociología de la memoria y gestaba el término memoria colectiva, producto de la doble relación entre el individuo, que recuerda al colocarse en el punto de vista de su grupo social, y el grupo social, que construye interactivamente una memoria solo puesta de manifiesto en las memorias individuales.

Desde entonces, esta idea ha pasado por múltiples versiones e interpretaciones en el campo de las ciencias sociales y de las prácticas políticas, pero en general se ha tendido a reconocer que la memoria social es una construcción de determinados grupos de poder y, por lo tanto, no conforma una entidad constituida de una vez para siempre, sino en un permanente proceso de transformación y reconstitución que pone de manifiesto los usos de la memoria, es decir, las intervenciones realizadas sobre ciertos recuerdos del pasado colectivo, de manera de construir con ellos un modelo de memoria útil para los grupos que pugnan por lograr la hegemonía. Parafraseando a Pierre Nora: lo que cuenta es el tipo de relación con el pasado, expresado en la manera como el presente utiliza y reconstruye ese pasado a partir de ciertos referentes.

La serie de serigrafías Doblepensar de Pablo Uribe, basadas en imágenes de la campaña electoral a favor de la reforma constitucional propuesta por la dictadura militar uruguaya en 1980, plantea el problema de los usos de la memoria a través de un desdoblamiento que adquiere, en esta obra, más de un sentido.

En primer lugar, se trata de reproducciones de periódicos de 1980 cuyas imágenes hacían referencia a sucesos sociales y a íconos políticos que habían tenido plena repercusión diez años antes, lo que marca un primer desdoblamiento temporal: esos registros de periódicos no son la imagen «objetiva» del pasado colectivo, sino apenas fragmentos usados para reconstruirlo desde la mirada del poder, en el mismo instante en que lo invoca para deplorarlo.

En segundo lugar, a este primer desdoblamiento se agrega el de la mirada que propone Pablo Uribe, volviendo a construir un determinado pasado a partir de sus ruinas históricas, y asumiendo un sitio de poder al transformar el sentido de aquellos mensajes ya sea enfatizando ciertas imágenes, dificultando la lectura de los textos o seleccionando los encuadres. Mediante las operaciones de encubrimiento y de recorte fotoserigráfico, Uribe no solamente crea un espacio de ambigüedad semántica para esa memoria colectiva, sino que reivindica el aura histórica de esos registros al hacerlos pasar del archivo de prensa al contexto de un museo de arte. Con lo cual no dejan de ser imágenes de archivo ni de invocar —junto al gesto político que las generó en 1980— la frase que encierra el sentido selectivo de la memoria social: «no hay que olvidar».